Tuesday, June 02, 2026

¿Inteligencia emocional? Mejor una razonable inteligencia ética

Uno de mis amigos vive en Finlandia. Hace unos años atrás compartió su experiencia con el dentista en esas latitudes. El palpalenguas lo revisó, le dio algunas orientaciones y finalmente le dijo:


-Puede irse, Ud. está bien. Venga a verme en un tiempo más.-


Mi amigo es médico de profesión y quedó sorprendido porque cada vez que visitó al odontólogo en Chile siempre salió con un presupuesto. Una fácil explicación se puede fundamentar en el carácter "estatal" de la salud en dicho país medio escandinavo, medio báltico: el dentista ahí no tiene incentivos para perfeccionar su trabajo o debe priorizar a los pacientes con entuertos mayores que los de mi amigo. No obstante, comparar los indicadores de salud bucal de Chile con Finlandia constituye un ejercicio cuyo resultado ya podemos imaginarnos.


¿Cómo saber si en otras ramas de la salud no existen situaciones que también dan qué pensar? Para un terapeuta la relación de largo plazo con sus pacientes/clientes puede ser el mejor de los negocios y es más fácil explotar esta veta en aquellos dominios donde demostrar la sanación depende de la apreciación subjetiva, intuitiva e incluso estética. Un resfriado es un resfriado bajo estándares de objetividad demostrable, pero ¿dónde ponemos los límites que distinguen el "sinsentido de la vida" respecto un desenvolvimiento psicológicamente sano?


El psicologismo es un excelente negocio en un mundo donde, parafraseando al padre Hurtado, "damos por empatía lo que debiésemos dar por ética" o bien, donde la distinción entre lo bueno y lo malo cada vez depende más del agrado a flor de piel. Es también una atmósfera donde los defensores de libre mercado hacen creer que no hay deficiencias sistémicas por corregir, que todas las insuficiencias se "privatizan" a nivel del individuo, que pedir cambios estructurales en vez de aprovechar las oportunidades del mercado es una pérdida de tiempo. Aprovechar las oportunidades del mercado bajo el enfoque del emprendimiento y las recetas del éxito suena útil y seductor. Los libros de autoayuda y los psicologismos son como instrumentos e intérpretes de una música de fondo. Una disonancia donde no importa deformar los conceptos con tal de mantener el buen negocio de libros, audios, terapias interesantes y todo lo que ese colorido mercado dispone para que los consumidores gasten su dinero en una industria donde lo mejor que podría pasar es que nunca sanen de sus dolencias ni que arriben a una verdad concluyente porque, de hacerlo, dejarían de consumir.


En el mundo de la seriedad, la psicología nos llega envuelta con la seguridad de la certeza científica frente a la sempiterna necesidad del individuo por conocerse a sí mismo. Queremos certezas psicológicas versátiles y con valor utilitario para enfrentar todas las aristas del mundo, desde cómo sobrellevar una entrevista de trabajo hasta cómo dormir en una cama de doble plaza sin generar conflictos con la pareja.

 

Por su parte, la Filosofía no es otra cosa que el orden con que pauteamos nuestros pensamientos para comprender el conjunto de cuánto nos rodea. Como disciplina parece cada vez más enclaustrada en su mundo académico, donde los especialistas se dedican más a estrujar las ideas de los filósofos que nos precedieron que a proveer al lego con herramientas que le permitan comprender el mundo. El lenguaje filosófico parece demasiado abstruso, los escolares escasamente llegan a él y los apoderados cuestionan la utilidad de la Filosofía más allá de mejorar las notas de enseñanza media. Ahí es donde el psicologismo ha hecho su entrada paulatina, silenciosa y determinante, igual como las iglesias evangélicas avanzaron ante el retroceso de un catolicismo que rota alrededor de sus propias preguntas y contingencias internas.


Dentro de este panorama, la idea de una "inteligencia emocional" es una de las pancartas que campea con más facilidad y sin algún contrapeso desafiante, al igual que las referencias simplistas a la empatía. Por cierto que la psicología nos ofrece información válida sobre un importante segmento de nuestra realidad y que nadie puede pretender que deba existir una guerra entre aquella y la Filosofía moral, pero si desear un diálogo razonado entre ambas y no un irreflexivo reemplazo de la segunda por la primera. La pérdida del sentido crítico es inversamente proporcional al deseo por aferrarse a verdades simples de entender que reflejen seguridades reales en el vivir. De ahí la vehemencia y, a veces, franca tontería con que gran parte de nuestras capas más humildes se aferran a los enfoques monocromáticos y compactos de un Milei o de un Kast. Pero este retroceso del sentido crítico inversamente proporcional a la inflación de las emociones y sensibilidades cutáneas no es sólo de los más humildes. Cuántas veces en los climas laborales hemos escuchado a competentes profesionales declamar alaridos del tipo "me molesta tu falta de empatía". Desde cuándo la molestia individual es un principio de ética, pregunto yo. "Es que puso la música muy fuerte y está invadiendo el espacio de todos". En ese caso, el argumento no debería ser tu importantísima molestia a flor de piel, sino el respeto, que si constituye un principio de ética.


¿Y la empatía? Es evidente que el mundo está lleno de sinvergüenzas que derrochan empatía mientras que existen personas muy poco "empáticas" e intachables en lo moral. Estas son observaciones demasiado obvias para el ojo de cualquier persona con mediano sentido crítico, pero que, en nuestra cultura, aparecen como descubrimientos copernicanos para una gran masa irreflexiva y drogada con el vapor psicologista. Cualquier observador ajeno a esta nube inhalará las monsergas sobre la empatía igual como cuando el único que no fuma ingresa a una habitación donde todos tienen un cigarro en la mano. La apoteosis de la estupidez es alcanzada cuando los padres aprueban a un hijo que deja de saludar a otro niño "porque es pesado y poco empático". ¿Es que acaso el agrado personal importa más que los modales y la consideración entre las personas?


Donde podemos establecer distinciones finas, puede también expandirse una fuerza que persona hacia la homogeneidad. Donde podemos establecer distinciones finas, tales como "sensatez", "madurez", "discernimiento", "prudencia" o "autocontrol", también podemos embolsarlas bajo la manta monocromática de la "inteligencia emocional". Del mismo modo, los vocablos como amabilidad, cortesía, consideración, perspicacia o gentileza. pueden ser engullidos por el uso abusivo, recurrente y simplificador del término “empatía”, empobreciendo más aún el pensamiento y vocabulario de quienes viven con un dedo pegado al celular.


Bajo la maraña comunicacional y los lugares comunes subsiste la posibilidad de combinar el uso de la lógica con principios o valores planteados desde la ética. Unir la capacidad de pensar con principios de ética para luego actuar o juzgar situaciones es algo que se ha hecho siempre y cuya sencillez permite limpiar de sensorialidad irreflexiva nuestra distinción de lo correcto respecto lo incorrecto. Si lo llevamos a un lenguaje comprensible para cualquiera de los ciudadanos de a pie, podemos plantear la necesidad de una inteligencia ética, entendida como una discernida unión solidaria entre el conjunto de estándares éticos o morales a disposición de cada persona y la capacidad de elaborar razones que sean comunicables.
Por cierto, que esto en nada significa algo que estuviese fuera de la inventiva desplegada por el pensador de Königsberg: actuar conforme a leyes morales establecidas y comprendidas desde La Razón, que fuera la gran prioridad del pensamiento ilustrado, temporalmente cada vez más lejano.


Quizás, y en virtud del conocimiento que hoy poseemos, difícilmente podamos visualizar la existencia de una "Razón" como entelequia existente al interior de cada individuo y, menos, una "Razón Universal" que use a los individuos como instrumentos para desplegarse a sí misma constituyendo la Historia Universal. No obstante, podemos asumir que la lógica es una capacidad al alcance de toda persona así como los principios y valores morales así como podemos ofrecer alguna reflexión sobre dicha capacidad. Desde el latín, "ratio" dio origen a la medida, a la "ración", al cálculo de acciones que generan utilidad e, incluso, a la fría conducción "racional" de procesos para que generen beneficios. Con otros tintes, el "logos" de los griegos fue más bien la palabra razonada, convincente y bien fundamentada, que no desconoce la utilidad económica pero que posee su centro de gravedad en algo que aún puede considerarse específicamente humano: el relato comunicado.


Abundan las reflexiones y comentarios eruditos sobre las especificidades o bien diferencias entre la concepción romana y la griega. Quizás, en estos matices pueda verse la causa última para explicar por qué el Imperio fue romano y no griego. Así como también entender por qué los romanos acudían a la tradición griega cuando había que elaborar alguna narrativa convincente. De cara al contexto que nos convoca puede rescatarse la distinción entre lo "racional" y lo "razonable". Cuando invertimos diez y queremos obtener veinte, somos racionales. En cambio, somos razonables, cuando buscamos convencer sobre la base de argumentos sin desconocer los sentimientos o bien la experiencia de quien nos escucha.


Las preocupaciones de un filósofo, incluso los más canónicos, no se hallan muy lejos de las que sea plantea cualquiera de los viandantes. Distinguir lo "bueno" de lo "malo" sigue siendo preocupación cotidiana y al alcance de todos, para orientar la conducta individual y lo que deba considerarse aceptable dentro de un orden socio-político.

 

Un concepto de inteligencia ética planteado estrictamente desde la filosofía moral y definido parsimoniosamente como una unión solidaria entre una razón "razonable" y la moralidad que cada familia entrega a sus hijos, permite alcanzar lo justo sin desconocer lo sentimental, facilitando la confluencia entre las facultades del intelecto y los restantes elementos del soporte psicológico de las acciones socialmente contextualizadas. Y, ubicada en las antípodas de una inteligencia emocional cómodamente situada en la atmósfera neoliberal, la inteligencia ética puede ser una vía para juzgar y denunciar las inequidades estructurales, propiciando cambios sociales reales. Podría también plantearse la peregrina e inmodesta posibilidad de contribuir este enfoque propuesto para generar una vía que nuestras clases humildes dispongan hacia a la riquísima tradición filosófica occidental no psicologista.




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