Hoy es el día del Patrimonio. Según nuestra tradición, se celebra el último domingo del mes de mayo. Me tocó participar casi desde el principio, cuando se asomaba el siglo XXI. Siendo yo estudiante de una carrera en ese entonces casi desconocida, recibí el peto del C.M.N., caminé por un Santiago lluvioso y guié a los visitantes por los patios de un querido convento colonial, compartiéndoles un mínimo de nuestra Historia.
El patrimonio cultural es el conjunto de los bienes heredados y significativos para una comunidad humana. “Heredado” porque incluye elementos legados desde el pasado y “significativo” porque son elementos que representan un valor para las comunidades. Ya sea a nivel doméstico, como las fotografías, o a nivel nacional, como el 18 de septiembre, por ejemplo.
Se discute si son “los patrimonios” o “el” patrimonio. Podemos hablar de “el patrimonio” en singular sin temor a equivocarnos y sin desconocer la diversidad. Porque los elementos que constituyen patrimonio cultural poseen algunos rasgos en común, sin los cuales dejarían de ser patrimonio. Del mismo modo en que podemos hablar de “la humanidad”, por ejemplo, sin desconocer la unidad y la diversidad, al mismo tiempo.
Las prácticas sociales deben obedecer a alguna pauta con la que podemos tratarnos y comunicarnos de manera coherente; de lo contrario, no existirían las sociedades. Pero las sociedades existen y el conocimiento que acumulan va generando contenidos que se ubican en la memoria y que nos permiten vincular el presente con el pasado de manera coherente. Hay aspectos que vamos valorando más que otros a medida que las pautas sociales van respondiendo a las necesidades del presente y, a su vez, generando nuevas pautas. En eso consiste la Historia. Vale decir, narramos nuestra paso por el tiempo sobre la base de aquellos elementos significativos para entender el presente. Algunos de esos “elementos” representan un valor afectivo o comprensivo, no necesariamente monetario. Una vivienda puede carecer de valor utilitario pero puede ser la casa donde nació Gabriela Mistral, por ejemplo. Otros agregan conocimiento, otros son únicos en su tipo, otros nos recuerdan un hecho determinante y así sucesivamente.
Vivimos en una época donde el placer sensorial, la satisfacción inmediata, la seguridad a corto plazo y las certezas versátiles (aunque no siempre fundadas) han mellado nuestra capacidad de diálogo y de valorar las diferencias. Esto ocurre de modo transversal a todas las filosofías, corrientes y “tribus” urbanas. Tendemos a creer que con las recetas de “empatía, emprendimiento y liderazgo” obtendremos una respuesta para todo, mientras la vida se torna una aplicación de celular, nuestras reflexiones son reemplazadas por una consulta a Gemini y donde esperamos que las personas agraden como Tik-Tok.
El patrimonio cultural es una invitación a la memoria, a revisar lo que valemos, a darnos cuenta que las cosas “elevadas” no tienen por qué ser aburridas, que los espectáculos de calidad son a nuestro alcance y que la cultura es inevitable para todo ser humano. Es una invitación para todos a valorarnos mirándonos en el mejor de los espejos; ese espejo que constituye lo más precisamente humano y de lo que carecen las otras especies: relatar nuestro pasado, distinguir lo significativo y enderezar hacia el futuro. Feliz Día del Patrimonio.