Friday, July 24, 2026

Esos años de subterráneo.

Me preguntó qué estaba escuchando; respondí que era una música de monitos japoneses. La dama me sostuvo la mirada por un segundo y luego volteó la cabeza mientras la sorpresa y el desdén se mezclaban en su cara. Yo volví a mi cerámica por lavar.

Una semana después me encontraba escuchando lo mismo cuando otra dama me hizo exactamente la misma pregunta. Entonces, respondí "es música de Chumei Watanabe, un compositor japonés de la segunda mitad del siglo XX. Él combinó la tradición japonesa, los medios tecnológicos y elementos de la música occidental para bandas sonoras. Le han hecho varios reconocimientos". Esta vez la dama levantó sus cejas mientras hacía un tenue gesto de aprobación.

¡Así son las personas mayores! Y los niños deben ser muy indulgentes con ellas.

Tuesday, June 02, 2026

La Universidad de Chile

 Javiera Rodriguez, una diputada agredida durante una visita a la U. de Chile. Parto por señalar que aquella no me genera la más mínima simpatía y menos el partido en que milita. Si vamos a hablar de autocrítica, tal como se la ha pedido a Rodriguez, a la Universidad de Chile le toca la mayor de las responsabilidades. Un lugar donde se argumenta que la universidad debe estar abierta para todos y se hostiliza a una diputada.

Una casa de estudios donde se hacen declaraciones ruidosas en favor de la inclusión y, al mismo tiempo, se han albergado burócratas discriminadores y académicos reñidos con la ética.

Una universidad donde siempre hay palabras para criticar a las privadas, pero donde sus procesos internos suelen estar lejos de la perfección.

Una institución que se propone encarar los problemas del país y termina hablando de sus propios problemas internos.

Y un lugar donde algunos estudiantes y egresados le restan validez al testimonio de Rodríguez; igual como la derecha social y política le restaba veracidad a los desaparecidos, a los casos de pedofilia y al testimonio de los afectados.



¿Inteligencia emocional? Mejor una razonable inteligencia ética

Uno de mis amigos vive en Finlandia. Hace unos años atrás compartió su experiencia con el dentista en esas latitudes. El palpalenguas lo revisó, le dio algunas orientaciones y finalmente le dijo:


-Puede irse, Ud. está bien. Venga a verme en un tiempo más.-


Mi amigo es médico de profesión y quedó sorprendido porque cada vez que visitó al odontólogo en Chile siempre salió con un presupuesto. Una fácil explicación se puede fundamentar en el carácter "estatal" de la salud en dicho país medio escandinavo, medio báltico: el dentista ahí no tiene incentivos para perfeccionar su trabajo o debe priorizar a los pacientes con entuertos mayores que los de mi amigo. No obstante, comparar los indicadores de salud bucal de Chile con Finlandia constituye un ejercicio cuyo resultado ya podemos imaginarnos.


¿Cómo saber si en otras ramas de la salud no existen situaciones que también dan qué pensar? Para un terapeuta la relación de largo plazo con sus pacientes/clientes puede ser el mejor de los negocios y es muy fácil explotar dicha relación en aquellos dominios donde demostrar la sanación depende de la apreciación subjetiva, intuitiva e incluso estética. Un resfriado es un resfriado bajo estándares de objetividad demostrable, pero ¿dónde ponemos los límites que distinguen el "sinsentido de la vida" respecto un desenvolvimiento psicológicamente sano?


El psicologismo es un excelente negocio en un mundo donde, parafraseando al padre Hurtado, "damos por empatía lo que debiésemos dar por ética" o bien, donde la distinción entre lo bueno y lo malo cada vez depende más del agrado a flor de piel. Es también una atmósfera donde los defensores de libre mercado hacen creer que no hay deficiencias sistémicas por corregir, que todas las insuficiencias se "privatizan" a nivel del individuo y que pedir cambios estructurales es una pérdida de tiempo, cuando podemos
 aprovechar las oportunidades del mercado. Para eso está el enfoque del emprendimiento y las recetas del éxito suenan útiles y seductoras. Los libros de autoayuda y los psicologismos son como instrumentos e intérpretes de una música de fondo. Una disonancia donde no importa deformar los conceptos con tal de mantener el buen negocio de libros, audios, terapias interesantes y todo lo que ese colorido mercado dispone para que los consumidores gasten su dinero en un rubro donde lo mejor que podría pasar es que nunca sanen de sus dolencias ni que arriben a una verdad concluyente porque, de hacerlo, dejarían de consumir.


En el mundo de la seriedad, la psicología nos llega envuelta con la seguridad de la certeza científica frente a la sempiterna necesidad del individuo por conocerse a sí mismo. Queremos certezas psicológicas versátiles y con valor utilitario para enfrentar todas las aristas del mundo, desde cómo sobrellevar una entrevista de trabajo hasta cómo dormir en una cama de doble plaza sin generar conflictos con la pareja.

 

Por su parte, la Filosofía no es otra cosa que el orden con que pauteamos nuestros pensamientos para comprender el conjunto de cuánto nos rodea. Como disciplina parece cada vez más enclaustrada en su mundo académico, donde los especialistas se dedican más a estrujar las ideas de los filósofos sepultados que a proveer al hombre corriente con herramientas que le permitan enfrentar el mundo. El lenguaje filosófico parece demasiado abstruso, los escolares escasamente llegan a él y los apoderados cuestionan la utilidad de la Filosofía más allá de mejorar las notas de enseñanza media. Ahí es donde el psicologismo ha hecho su entrada paulatina, silenciosa y determinante, igual como las iglesias evangélicas avanzaron ante el retroceso de un catolicismo que rota alrededor de sus propias preguntas y contingencias internas.


Dentro de este panorama, la idea de una "inteligencia emocional" es una de las pancartas que campea con más facilidad y sin contrapeso desafiante, al igual que las referencias simplistas a la empatía. Por cierto que la psicología nos ofrece información válida sobre un importante segmento de nuestra realidad. Nadie puede pretender que deba existir una guerra entre aquella y la Filosofía moral. Lo que se desea es un diálogo razonado entre ambas y no un irreflexivo reemplazo de la segunda por la primera. La pérdida del sentido crítico es inversamente proporcional al deseo por aferrarse afectivamente a verdades simples de entender y que reflejen seguridades reales en el vivir. De ahí la vehemencia y, a veces, franca tontería con que gran parte de nuestras capas más humildes se aferran a los enfoques monocromáticos y compactos de un Bolsonaro o de un Kast. Pero este retroceso del sentido crítico, inversamente proporcional a la inflación de las emociones y sensibilidades cutáneas, no es sólo de los más humildes ni de los más a la derecha. Cuántas veces en los climas laborales hemos escuchado a competentes profesionales declamar alaridos del tipo "me molesta tu falta de empatía". Desde cuándo la molestia individual es un principio de ética. "Es que puso la música muy fuerte y está invadiendo el espacio de todos". En ese caso, el argumento no debería ser tu importantísima molestia a flor de piel, sino el respeto, que si constituye un principio de ética.


¿Y la empatía? Es evidente que el mundo está lleno de sinvergüenzas que derrochan empatía mientras que personas muy poco "empáticas" caminan entre nosotros cultivando una intachable moral. Estas son observaciones demasiado obvias para el ojo de cualquier persona con mediano sentido crítico, pero que, en nuestra cultura, aparecen como descubrimientos copernicanos para una gran masa drogada con el vapor psicologista. Cualquier observador ajeno a esta nube inhalará las monsergas sobre la empatía igual que el no fumador entrando a una habitación donde todos tienen un cigarro en la mano. La apoteosis de la estupidez es alcanzada cuando los padres aprueban a un hijo que deja de saludar a otro niño "porque es pesado y poco empático". ¿Es que acaso el agrado personal importa más que los modales y la consideración entre las personas?


Donde podemos establecer distinciones finas, puede también expandirse una fuerza que presiona hacia la homogeneidad. Términos matizados y de buen gusto como "sensatez", "madurez", "discernimiento", "prudencia" o "autocontrol", podemos embolsarlos bajo la manta monocromática de la "inteligencia emocional". Del mismo modo en que vocablos como "amabilidad", "cortesía", "consideración", "nobleza", "gentileza" o "caballerosidad" pueden ser engullidos por el uso abusivo, recurrente y simplificador del término “empatía”, empobreciendo más aún el pensamiento y vocabulario de quienes viven con un dedo pegado al celular.


Bajo la maraña comunicacional y los lugares comunes subsiste la posibilidad de combinar el uso de la lógica con principios o valores planteados desde la ética. Unir la capacidad de pensar con principios morales para luego actuar o juzgar situaciones es algo que se ha hecho siempre, permitiendo limpiar de sensorialidad irreflexiva nuestra distinción de lo correcto respecto lo incorrecto. Si lo llevamos a un lenguaje comprensible para cualquiera de los ciudadanos de a pie, podemos plantear la necesidad de una inteligencia ética, entendida como una discernida unión solidaria entre el conjunto de estándares éticos o morales y la capacidad de elaborar razones que sean comunicables.


Por cierto, que esto en nada significa algo que estuviese fuera de la inventiva desplegada por el pensador de Königsberg, quien invitaba actuar conforme a leyes morales establecidas y comprendidas desde La Razón; una facultad humana que fuera la gran prioridad del pensamiento ilustrado, temporalmente cada vez más lejano a nuestro eterno presente.


Quizás, y en virtud del conocimiento que hoy poseemos, difícilmente podamos visualizar la existencia de una "Razón" como entelequia existente al interior de cada individuo y, menos, una "Razón Universal" que use a los individuos como instrumentos para desplegarse a sí misma constituyendo la Historia. No obstante, podemos asumir que la lógica es una capacidad tan al alcance de toda persona como los principios y valores morales. También podemos ofrecer alguna reflexión sobre la razón. Desde el latín, el vocablo "ratio" dio origen a la medida, a la "ración", al cálculo de acciones que generan utilidad e, incluso, a la fría conducción "racional" de procesos que generarán beneficios. Con otros tintes, el "logos" de los griegos fue más bien la palabra razonada, convincente y bien fundamentada, que no desconoce la utilidad económica pero que posee su centro de gravedad en algo que aún puede considerarse específicamente humano: el relato comunicado.


Abundan las reflexiones y comentarios eruditos sobre las especificidades o bien diferencias entre la concepción latina y la helena. Quizás, en esos matices pueda verse la causa última para explicar por qué el Imperio fue romano y no griego; así como también entender por qué los romanos se dejaban inspirar por la tradición griega cuando había que elaborar alguna narrativa convincente. De cara al contexto que nos convoca puede rescatarse la distinción entre lo "racional" y lo "razonable". Cuando invertimos diez y queremos obtener veinte, somos racionales. En cambio, somos razonables, cuando buscamos convencer sobre la base de argumentos sin desconocer los sentimientos o bien las vivencias de quien nos escucha.


Las preocupaciones de un filósofo, incluso los más canónicos, no se hallan muy lejos de las que concierne a cualquiera de los viandantes. Distinguir lo "bueno" de lo "malo" sigue siendo preocupación cotidiana, y al alcance de todos, para orientar la conducta individual y lo que deba considerarse aceptable dentro de un orden socio-político.

 

Un concepto de inteligencia ética planteado estrictamente desde la filosofía moral y definido parsimoniosamente como una unión solidaria entre una razón "razonable" y la moralidad que cada familia entrega a sus hijos, permite alcanzar lo justo sin desconocer lo sentimental, facilitando la confluencia entre las facultades del intelecto y los restantes elementos del soporte psicológico de las acciones socialmente contextualizadas. Ubicada en las antípodas de una inteligencia emocional rentablemente situada en la atmósfera neoliberal, la inteligencia ética puede ser una vía para juzgar y denunciar las inequidades estructurales, alentando cambios reales en nuestra casa común e, incluso, contribuyendo a que los hijos de nuestro tiempo puedan dirigir su mirada hacia la riquísima tradición filosófica occidental.




Sunday, May 31, 2026

Día del Patrimonio.

 Hoy es el día del Patrimonio. Según nuestra tradición, se celebra el último domingo del mes de mayo. Me tocó participar casi desde el principio, cuando se asomaba el siglo XXI. Siendo yo estudiante de una carrera en ese entonces casi desconocida, recibí el peto del C.M.N., caminé por un Santiago lluvioso y guié a los visitantes por los patios de un querido convento colonial, compartiéndoles un mínimo de nuestra Historia.

El patrimonio cultural es el conjunto de los bienes heredados y significativos para una comunidad humana. “Heredado” porque incluye elementos legados desde el pasado y “significativo” porque son elementos que representan un valor para las comunidades. Ya sea a nivel doméstico, como las fotografías, o a nivel nacional, como el 18 de septiembre. Se discute si son “los patrimonios” o “el” patrimonio. Podemos hablar de “el patrimonio” en singular sin temor a equivocarnos y sin desconocer la diversidad. Porque los elementos que constituyen patrimonio cultural poseen algunos rasgos en común, sin los cuales dejarían de ser patrimonio; del mismo modo en que podemos hablar de “la humanidad” sin desconocer la diversidad cultural.

Las prácticas sociales deben obedecer a alguna pauta con la que podemos tratarnos y comunicarnos de manera coherente; de lo contrario, no existirían las sociedades. Pero las sociedades existen y el conocimiento que acumulan va generando contenidos que se ubican en la memoria y que nos permiten vincular el presente con el pasado de manera coherente. Hay aspectos que vamos valorando más que otros a medida que las pautas sociales  van respondiendo a las necesidades del presente y, a su vez, generando nuevas pautas. En eso consiste la Historia. Vale decir, narramos nuestra paso por el tiempo sobre la base de aquellos elementos significativos para entender el presente. Algunos de esos “elementos” representan un valor afectivo o comprensivo, no necesariamente  monetario. Una vivienda puede carecer de valor utilitario pero puede ser la casa donde nació Gabriela Mistral, por ejemplo. Otros agregan conocimiento, otros son únicos en su tipo, otros nos recuerdan un hecho determinante y así sucesivamente.

El patrimonio cultural es una invitación a la memoria, a revisar lo que valemos, a darnos cuenta que las cosas “elevadas” no tienen por qué ser aburridas, que los espectáculos de calidad son a nuestro alcance y que la cultura es inevitable para todo ser humano. Es una invitación para todos a valorarnos mirándonos en el mejor de los espejos; ese espejo que constituye lo más precisamente humano y de lo que carecen las otras especies: relatar nuestro pasado, distinguir lo significativo y enderezar hacia el futuro. Feliz Día del Patrimonio.

Sunday, February 15, 2026

Biblia y política.

 Querida gente humilde, te sonará muy duro, pero deseo que lo sepas:

Puedes creer que la Biblia tiene todas las respuestas y puedes también creer que con las recetas de emprendimiento, liderazgo, empatía e inteligencia emocional tienes lo suficiente para enfrentar cualquier cosa. Lo tuyo no es cristianismo, lo tuyo es "biblismo". Y con esa combinación entre biblismo y herramientas de moda puedes pensar que estás apoyando buenas opciones para conducir el mundo e, incluso, que eres capaz de analizar cosas tan disímiles como la última pandemia o la guerra en Ucrania, aunque a Ucrania apenas seas capaz de ubicarla en un mapa. Pero la verdad es otra: a los que realmente lideran el mundo y que se benefician de tu convencido apoyo les enseñaron "secretos que a ti no". Lo más probable es que nunca seas uno de ellos, sino solo el cliente humilde con tarjeta de crédito y con alguna dificultad para llegar a fin de mes.

Sunday, November 16, 2025

La República Democrática Alemana

Hace ya unas semanas se cumplió un nuevo aniversario de la caída del muro de Berlín. Tras pensar, leer y volver a pensar, deseo compartir algunas observaciones sobre la República Democratica Alemana (RDA) y su desaparición.

Debo primero precisar que la imposición del socialismo en Alemania Oriental se hizo mancillando completamente la autodeterminación del pueblo alemán y que yo no podría concordar de modo alguno con el manejo estalinista que hubo para la constitución de las llamadas "democracias populares" en Europa oriental. También debe señalarse que a los líderes de la RDA les cabe toda la responsabilidad de la debacle de 1989 debido a su estrechez de criterio y miopía política durante la década de 1980.

Una vez precisado aquello, deseo señalar que la visión entregada por los medios nacionales durante los últimos meses de 1989 fue muy parcial y que la reunificación estuvo lejos de ser una instancia de plena felicidad para las personas; al menos de la RDA.

Como sabemos, el país se dividió en zonas de ocupación tras la Segunda Guerra Mundial, acordándose una "administración conjunta" de la capital porque se pensó en un gobierno conjunto que diera paso a la posterior normalización del país. Los aliados también acordaron que Alemania se reorganizara sobre bases democráticas, que se le mostraría al pueblo alemán cuáles fueron las causas reales de la guerra, que se erradicaría el fascismo y varios otros acuerdos que incluían acabar también con la oligarquía industrial, responsable del ascenso de Hitler.

En la práctica la "administración conjunta" no se dio de modo alguno. Soviéticos y norteamericanos usaban los mismos términos, pero les daban significados distintos durante las negociaciones. La diplomacia de Stalin tampoco mostró flexibilidad. La ciudad fue parcelada como el resto del país y cada potencia ocupante tomó decisiones para su zona de ocupación. Con el tiempo, Francia, R. Unido y E.E.U.U. lograron un acuerdo para unificar sus parcelas territoriales, pero no hubo acuerdo con la U.R.S.S. Ante esa situación, los aliados occidentales se percataron que si abandonaban Berlín, la zona de ocupación soviética se perdería para siempre.

Debe señalarse que la parte industrializada de Alemania quedó al occidente; el oriente había sido predominantemente agrícola y tradicional hasta esa fecha. Dentro del esquema dado por el Plan Marshall los norteamericanos generaron una nueva moneda para Alemania: el marco occidental, que no contó con la aprobación de Stalin, con lo que la separación entre dos estados se hizo irreversible. Los soviéticos bloquearon los accesos terrestres a Berlín Occidental, por lo que los norteamericanos realizaron un costoso puente aéreo para abastecer la ciudad.

Cuando la cortina de hierro ya era un hecho, se vio conveniente en términos políticos la idea de dejar un pie puesto dentro del bloque soviético. Con la fuerte inversión norteamericana en Alemania Occidental y las dificultades de la posguerra, la población buscó desplazarse a Occidente. E.E.U.U. vio que podía sacar ventaja de esa situación para triturar económicamente a la joven R.D.A. Berlín Occidental fue la pieza clave del proceso. La ciudad se benefició de arreglos urbanos, de nuevas edificaciones, de tiendas atractivas, de un festival de cine y de una nueva universidad, ya que la Humboldt quedó del otro lado. Vale decir, el propósito norteamericano fue convertir Berlín Occidental en una vitrina o mall gigante destinado a impresionar a la gente del este. A esto se suma que el marco occidental era más caro que el oriental. Como no había separación física entre los "dos Berlines", la gente de Berlín Occidental podía adquirir los artículos subsidiados de primera necesidad en Berlín Oriental, lo que presionaba hacia la escasez y la inflación. En Cuba los norteamericanos también buscaron generar inflación, pero ahí lo hicieron tratando de inundar la isla de billetes. Pese a todo, la RDA logró industrializarse y su economía gozó de buena salud, aunque dependía de la U.R.S.S. y cuando esta se empezó a desmoronar los efectos no tardaron en hacerse sentir. Nunca tuvo el estándar de vida que tuvo Alemania Occidental, pero es una falacía que su economía todo el tiempo haya sido un desastre.

Una de las regalías por vivir en Berlín Occidental era eximirse del servicio militar, por lo que una buena cantidad de objetores de consciencia fueron a dar allá. La paradoja es que esto significó la presencia sistemática de izquierdistas y socialistas no alineados con el esquema soviético. Los berlineses occidentales que participaron en la destrucción del muro en 1989 fueron en gran medida representantes de esta izquierda que ahora llamaríamos "woke".

Las ciudades suelen ser polos de desarrollo económico. Calama, por ejemplo, es un nodo para la minería así como Valparaíso es un nodo portuario. Berlín Occidental era una cabeza sin cuerpo que no administraba tarea económica relevante alguna, pero se veía a sí misma como un pilar de la diversidad cultural y una muestra de las ventajas materiales de la libertad capitalista. En realidad, era un escaparate de consumo con mucho de artificial donde los norteamericanos invirtieron más dinero que en la mayor parte de América Latina y el Caribe durante los años 50 y 60. En este oasis de diversidades no tardaron en hacerse ver los problemas que suelen enfrentar las grandes urbes, partiendo por el comercio sexual fuera de la Ley. A esto se suma la presencia militar que, con o sin muro, los occidentales la habrían tenido igual. Por consiguiente, también es falaz afirmar que el muro convertía a Berlín en una ciudad militarmente amenazada.

La reunificación se hizo bajo la constitución política de la RFA, lo que equivale a una anexión. Las empresas de la RDA fueron liquidadas y privatizadas a precios irrisorios. La mayor parte de la fuerza laboral de la RDA quedó cesante entre 1989 y 1990. Los adultos mayores tuvieron sus jubilaciones convertidas al marco occidental y el costo de la vida se encareció abruptamente porque la protección social del Estado oriental se acabó de la noche a la mañana. Hubo gente buscando alimentos en la basura. Por otro lado, los occidentales "limpiaron" las instituciones y las universidades orientales de elementos comunistas, o mejor dicho de lo que ellos calificaban de "comunistas".

Durante la primera mitad de los 90 la cesantía en la ex RDA era del 23%. Casi un tercio de la población alemana vivía ahí, pero generaba menos del 10% del PIB nacional. Se puede culpar a los errores e ineficacias de la economía centralmente planificada, pero también es verdad que la RFA pudo haber apoyado de mejor manera a sus compatriotas y que la integración debió ser graduada. En realidad, Alemania Occidental engulló a la RDA. Hasta el día de hoy a los orientales se les trata con menoscabo. Ahí es donde están los rebrotes de fascismo en el presente por las expectativas capitalistas incumplidas y donde mucha gente "ostálgica" sigue pensando que habían fundadas razones para edificar un muro entre los dos berlines.

Thursday, October 23, 2025

A golpe de ensayos.

No importando nuestro estatus, nuestra educación o nuestros ingresos, todos los seres humanos buscamos certezas y desarrollamos pautas para enfrentar la vida. Esta doble inquietud explica muchas cosas y es la razón más sencillamente profunda para explicar por qué existe la filosofía y por qué se ha de filosofar mientras exista humanidad en cualquiera de las latitudes del mundo.

Hay quien todavía cree que el desarrollo de la filosofía en Hispanoamérica es embrionario y como prueba de ello es que los hispanoparlantes careceríamos de filósofos a la altura de Platón o de Heidegger. También se ha pensado que nuestra lengua carece de la “plasticidad” de idiomas como el griego o el alemán para generar distinciones semánticas finas o cadenas lógicas sofisticadas. Si eso fuera efectivo, ninguna traducción de obras filosóficas al castellano sería posible. Pero los hispanos contamos con magníficas traducciones y nuestros lectores son capaces de captar las sutilezas expresadas por grandes pensadores de lengua foránea. Incluso puede plantearse que autores como Aristóteles, Kant o Marx cuentan con algunos de sus más grandes estudiosos en América Latina. Por otro lado, es posible mencionar a grandes pedagogos de la filosofía como Humberto Giannini o Jorge Millas. A decir verdad, los hispanos contamos con importantes conocedores de la disciplina, que en nada desmerecen respecto los conocedores nacidos y educados en otra latitudes.

Como respuesta retórica podría señalarse que nuestros pensadores no han sido creativos o propositivos. Autores como Humberto Maturana o Mario Bunge permiten señalar lo contrario. A decir verdad, los grandes areópagos no se ubican en lugares como Chile o Nicaragua y en aquellos existe una cultura de lo académicamente aceptable donde los nuestros escasamente son citados como fuente intelectual digna de mención. Basta con pensar las dificultades que S. Ramón y Cajal hubo de sortear para que su modelo neuronal fuese aceptado y la parábola del astrónomo turco de “El Principito” puede ser evocada como un irónico referente.

Pero también hay otra faceta digna de mención. Nuestros conocedores de la filosofía y los seguidores de los grandes filósofos ¿han facilitado sinceramente la emergencia de nuevas ideas o enfoques? En las universidades chilenas abundan los lectores de uno u otro autor. A modo de ejemplo, se escucha a determinados académicos diciendo “aquí se ofrece una nueva lectura de Kant o de Hegel”. Ante eso el lego se pregunta por qué estos señores no piensan por sí mismos y simplemente citan a Kant o a Hegel cuando deban incorporar alguna idea original de estos. También se dice que, en este momento del desarrollo intelectual, resulta muy difícil que alguien sea capaz de desarrollar un enfoque nuevo sobre temas antiguos. Puede ser que los “tutores” de la filosofía en Hispanoamérica teman que alguien cambie sus impecables convicciones escolásticas por ideas nuevas que no necesariamente reproduzcan lo ya planteado, en una situación similar al llamado “efecto cangrejo”.

En gran medida los hispanoparlantes han volcado su inventiva filosófica en la literatura. La prosa de Borges, Mistral o García Márquez lo ejemplifica de modo magnífico. No solo mediante la novela o la lírica, también mediante ensayos de primer nivel, en una época donde los grandes sistemas filosóficos parecieran ya ser cosa del pasado.

Aun a golpe de ensayo y buscando hilos conductores entre estos, todavía es posible entretejer un pensamiento medianamente sistemático, coherente y pertinente a las inquietudes filosóficas; tal como lo hizo Ortega y Gasset, a quien muchos parecieran espetarle que no haya producido un gran texto donde encontrar la clara exposición sistematizada del conjunto de su pensamiento.

Un golpe de ensayos se asemeja a un “tartamudeo” que, no obstante su condición, puede comunicar un pensamiento válido para enfrentar la contingencia y comprender un vertiginoso mundo bajo una mirada coherente; tal como las cartas de Pablo fueron destellos de lucidez para esclarecer y sistematizar una posterior metafísica cristiana. Feliz tartamudo será quien entienda el pensamiento de nuestros predecesores como un instrumento del que podemos extraer bellas melodías y no recitativos que debemos replicar; destellos melódicos que serán sinfonía en su conjunto.

Wednesday, September 17, 2025

Una definición de sentimiento moral.

Cualquier transeúnte puede observar que las emociones y los sentimientos inciden en las acciones que emprendemos los mamíferos, pero también en algo específicamente humano: los juicios morales. La indignación o el agradecimiento están ahí para demostrarlo. Por otro lado, gran parte de las discusiones sobre el valor de la ética evocan o apuntan a dilucidar si la ética consiste en el desarrollo de virtudes, en el apego a principios o en generar beneficios compartidos. A veces, en esas discusiones pareciera que las pasiones son algo que estaría sobrando o entorpeciendo nuestra condición de seres racionales y ajenos a la animalidad.

El mismo Adam Smith que conocemos como el padre de la economía desarrolló una vasta teoría moral donde las emociones y los sentimientos poseen protagonismo. Su texto “La Teoría de los Sentimientos Morales”, con seis ediciones desde 1759, sistematiza las relaciones entre pasiones, acciones y evaluación lógica que Smith observó empíricamente; pero guardando el anhelo deontológico de verlas orientadas hacia el desarrollo de espíritus virtuosos. Smith llegó a ser el arquitecto de una síntesis entre la observación de su entorno social inmediato, las tendencias generales de su época (moderna) y su amplio conocimiento de la filosofía que incluyó tanto a la ética aristotélica como el aporte de los pensadores británicos que le antecedieron.

En el presente se dispone de una comprensión amplia y profunda sobre el enfoque de Smith; incluso en el medio nacional se destacan académicos como Leonidas, Montes, Alejandra Carrasco o Nicole Darat; por citar algunos. No hay una barrera lingüística insalvable y aunque fue un autor de pensamiento riguroso, también lo fue de letra legible e incluso amena. Durante las últimas tres décadas Smith ha inspirado y sigue inspirando una cantidad creciente de ensayos, artículos e investigaciones. Se han discutido los principales conceptos que planteó, las implicancias de su enfoque y qué lugar ocupa su ética dentro de la Historia del pensamiento. También se ha discutido en torno a sus semejanzas y diferencias con otros enfoques, tales como el utilitarismo o la deontología.

Quien se adentre por vez primera en una teoría “de los sentimientos morales” esperará lógicamente que se le explique en qué consiste un sentimiento moral. Curiosamente, y dentro de lo que se ha escrito sobre Smith, resulta difícil encontrar una explicación precisa sobre lo que debe entenderse como un sentimiento moral. Incluso, Smith no pareciera haberse interesado en plantear una distinción quirúrgica entre sensaciones, sentimientos y emociones. Utilizó los términos “pasión” y “sentimiento” de modo indistinto.

Por consiguiente, indagar sobre lo que es un sentimiento moral representa una forma distinta de asir la ética de Smith a como lo han hecho muchos de sus lectores. Precisar el concepto aportará al neófito en la comprensión de “La Teoría de los Sentimientos Morales” y permitirá al avezado considerar un nuevo ángulo para la reflexión.

Pesquisar los significados y usos formales en la propia lengua ha demostrado eficacia en discusiones conceptuales. Según el Diccionario de la R.A.E. (www.rae.es) puede entenderse un sentimiento mediante dos acepciones. La primera es el “hecho o efecto de sentir o sentirse” y la segunda es el “estado afectivo del ánimo”. Estas definiciones son bien escuetas, muy generales e indican que la lengua castellana puede dar un uso amplio al término. Por el contrario, el término “sensación” posee cinco acepciones, de las cuales hay dos pertinentes al tema aquí tratado. Una dice “impresión que percibe un ser vivo cuando uno de sus órganos receptores es estimulado” y la otra “percepción psíquica de un hecho”. Se colige que la sensación indica la percepción resultante de los sentidos, que indefectiblemente afectan a la consciencia; en cambio, el sentimiento indica la afección de la consciencia individual en términos de sí misma, pudiendo ser causado por un recuerdo, una experiencia o la recepción de una noticia, entre otros eventos. Visto así, cabe la posibilidad que una o varias sensaciones puedan generar uno o más sentimientos. Por ejemplo, observar el sufrimiento de una persona cercana y escucharla hablar al respecto genera los sentimientos de tristeza y solidaridad. Por el contrario, la sensación de agrado por el éxito de una persona cercana o admirada genera un sentimiento de felicidad:

El regocijo que nos embarga cuando se salvan nuestros héroes favoritos en las tragedias o las novelas es tan sincero como nuestra condolencia ante su desgracia y compartimos sus desventuras y su felicidad de forma igualmente genuina. Sentimos con ellos gratitud hacia los amigos fieles que no los desertaron en sus tribulaciones, y de todo corazón los acompañamos en su enojo contra los pérfidos traidores que los agraviaron, abandonaron o engañaron. En toda pasión que el alma humana es susceptible de abrigar, las emociones del espectador siempre se corresponden con lo que, al colocarse en su mismo lugar, imagina que son los sentimientos que experimenta el protagonista (Smith, 1997, pág. 52).

Es factible, entonces, enfocar la sensación como una pasión generada con la inmediatez de los sentidos o del pensamiento sobre la consciencia  y al sentimiento como una pasión que va más allá de lo efímero o momentáneo.

Las sensaciones y los sentimientos pueden generar afinidad o rechazo; complementariamente, la cercanía puede generar pasiones. Una incivilidad al interior del transporte público, por ejemplo,  generará afinidad hacia quienes la rechacen y distanciamiento hacia quien la protagoniza. La cercanía no es una sensación, pero las sensaciones pueden generar acercamiento o afinidad. En esto consiste la simpatía que, para Smith corresponde a “(…) nuestra compañía con el sentimiento ante cualquier pasión” (Smith, 1997, pág. 52); vale decir, la simpatía sería un “sentimiento sobre sentimiento”. No obstante, se simpatiza también con personas, situaciones u organizaciones. “Simpatizamos incluso con los muertos” (Smith, 1997, pág. 55) y los muertos no tienen pasiones.

La simpatía encierra las ideas de “afinidad y agrado”. Simpatizar con la tristeza de una persona no significa que la tristeza sea agradable; es un hecho que compadecer la tristeza se acompaña de la sensación de incomodidad. No obstante, genera agrado simpatizar con la situación alguien en la medida que esa persona merezca la simpatía. De este modo, simpatizar incluye, al menos, una mínima evaluación lógica respecto aquello que despierta dicho sentimiento. La evaluación lógica de las causas y los efectos de una conducta conlleva varios raseros: la utilidad, la moda, la cortesía, el bien, etc. que no necesariamente son contradictorios entre sí; incluso pueden complementarse. No obstante, para que la evaluación tenga valor moral debe constituir una observación enfocada desde algún parámetro ético o por lo menos, desde un conjunto de parámetros complementarios entre los cuales la moralidad sea el factor integrador.Aquellas pasiones generadas por la evaluación de una conducta son sentimientos morales si dicha evaluación fue realizada bajo una perspectiva inspirada o referenciada por, al menos, un parámetro moral.

En consecuencia, la indignación, la compasión, la deshonra, la gratitud, la misericordia y el deseo de justicia constituyen algunos ejemplos de sentimientos morales en la medida que son pasiones resultado de alguna observación donde la moralidad representa el elemento inexcusable para determinar lo correcto o lo incorrecto generándose el sentimiento consecuente. Por su parte, un parámetro o estándar moral es, en el sentido que le dio Velásquez (2012, págs. 10-13) cualquier referente ético que pueda traducirse en una norma para la conducta. En el desenvolvimiento humano las virtudes, las máximas, los valores, los imperativos categóricos y las reglas morales específicas constituyen estándares morales para guiar el discernimiento y la acción.

La simpatía y la antipatía son las expresiones prácticas de la empatía, que puede ser vista como el soporte anímico o emocional que enmarca la relación de un individuo con su entorno. Aquellos sentimientos, el de afinidad y el de rechazo, posibilitan la existencia de los sentimientos morales, pudiendo ellos mismos ser sentimientos morales en la medida que se constituyan cumpliendo la condición de tener al menos un estándar moral como estímulo. La simpatía, o su par opuesto, puede constituirse sobre otro sentimiento; vale decir, puede simpatizarse con la indignación o resentimiento de una persona, por ejemplo. De este modo, la simpatía, en cuanto sentimiento moral, puede constituir un meta-sentimiento o, en otro lenguaje, como un sentimiento moral de segundo orden siempre que nazca respecto de otro sentir y no respecto de una acción o de "los muertos".

De este modo, se ofrece una definición de sentimiento moral acorde al enfoque de Smith, que fue dilucidada con el conocimiento de sus ideas y que apoya la lectura de su texto. No obstante, un lector atento observará distintos grados e intensidad de los sentimientos morales. La indignación natural que un transeúnte siente cuando presencia un robo con violencia puede ser tan efímera como espontánea. En cambio la tristeza que embarga pensar en un error que ya no podrá remediarse es más profunda, duradera y es evidente que ha sido resultado de una reflexión realizada con meridiana profundidad. Es posible visualizar entre ellos una distinción mediante un término complementario: la emoción.

La emocionalidad constituye una dimensión compleja del espíritu humano que posee un rasgo definitorio dentro de lo sensorial: el cambio anímico. "Emocionarse" implica una alteración generada a partir de lo percibido, tanto de modo involuntario, como por alguna disyuntiva que implique una actitud expectante, "algún hecho emocionante".

La indignación frente al robo accidentalmente presenciado no deja tiempo para una profunda reflexión a la luz de algún precepto moral; es una reacción espontánea frente a algo contingente. El ejemplo del error incorregible ilustra lo contrario: una reflexión consciente, desarrollada sobre la base de un estándar moral y que genera un sentimiento perdurable. Por consiguiente, es posible proponer la distinción entre una emoción moral, entendida como respuesta "simpatética" de moralidad espontánea, y un sentimiento moral, entendido explícitamente como el efecto anímico que prosigue al juicio analítico de una situación a la luz de un estándar moral.

La emoción moral que surge con la observación de la contingencia inclinará la balanza de nuestros juicios hacia uno u otro lado, pero será el razonable discernimiento con que orientamos nuestra observación de la realidad lo que hará madurar nuestros sentimientos morales. Así es como los humanos transitamos de lo sensorial a lo racional y viceversa. Esa razonable capacidad para equilibrar ambas dimensiones constituye nuestra inteligencia ética, algo tan necesario como poco pesquisado en Occidente.


Trabajos citados.

  • Smith A. (1997). La Teoría de los Sentimientos Morales (C. Rodríguez Braun, Trad.) Madrid: Alianza Editorial S.A.
  • Velásquez, M. G. (2012). Ética en los Negocios. Conceptos y Casos. (Séptima ed.). Méjico: Pearsons Education.
  • Diccionario de la Lengua Española (s.f.). Recuperado el 14 de septiembre de 2025, de Real Academia Española: https://www.rae.es.